No hay nada que me llene. Compito, bebo, juego, río, corro, salto, cumplo, deseo, escribo, lloro, vomito, duermo... Y nada. No sirve de nada. Ahora mismo, la pureza más blanca y más bella se alza en mi presencia. Ebrio, escribo estas líneas. Mucho más de lo que cualquiera podría hacer. La mayor verdad sale de aquí: estando bajo el efecto del alcohol. A la hora de embriaguez, no razono las decisiones. Las tomo por mi voluntad y no por mi cerebro. Si quiero hacer algo, no lo razono: lo hago. Sólo si he bebido. Al estar sobrio, razono los pros y los contras y me decanto por alguna de esas opciones. Siendo así, y sólo así, puedo dar con verdades y soluciones de las que quizá me arrepienta cuando cobre esa cordura fuera de lo etílico.

Siento que no me llena nada. Ni volver a enamorarme ni volver con un amor. Nada. Ahora mismo, no hay nada. No hay nada...y no hay nada más triste.
Mensaje por cada botella.