Esto lo escribí con el lado oscuro del corazón.

3 de marzo de 2013

El infierno o el jerez.

¿Será envidia sana o una locura de sanatorio?
¿Por qué no puedo evitar entristecerme a ver a alguien que admiro?

Quizá tenga miedo. Miedo al fracaso. Miedo a no ser ese artista que se sube al escenario. Miedo a no ser el músico que hace llorar al que le escucha. Miedo a no ser el poeta del que se aprenden sus versos. Miedo a no ser el letrista que eriza la piel con cada renglón que escribe. Miedo a no ser quien quiero ser. Miedo a no ser el mejor en lo que tanto anhelo. Miedo a fallar.

Veo a diario gente que vive sin disfrutar. Gente que su vida consiste en salir para olvidar el trabajo, y trabajar para salir. Y me apena. No tienen metas, ni objetivos. "Cómprate un piso, paga una hipoteca, educa a un hijo.", y ya. Naces, te reproduces y mueres. Y si son felices, bien por el conformista. Yo no.

A mí me mueve un dulce veneno. Saboreo con gusto el talento, la capacidad, el potencial y la oportunidad de ser el mejor, pero tanto me obsesiona el éxito, el reconocimiento y el llegar a la cumbre que la ambición me pudre por dentro. Me va consumiendo, atemorizando con un "¿y si no ocurre?" en mi interior. Me aterra ser un segundón, un "talento malgastado", un "ese vale, pero no se pone", un "ese podría haber sido". Me aterra ser uno más.



El trayecto hacia la gloria es doloroso, largo y muy laborioso.
Vivo para cumplirlo, y espero no desangrarme en el camino.