Esto lo escribí con el lado oscuro del corazón.

30 de junio de 2014

Como agua entre las manos.

En una sociedad que nos induce en burbujas de ignorancia, yo me he fugado. Como si se tratase de un virus, durante días he contemplado la fragilidad del tiempo y de la vida, pero sobre todo de los estados de ánimo. Cómo el transcurso vital puede verse azotado por giros del destino en cuestión de milésimas. Cómo esas milésimas son en realidad años que no ves pasar. Cómo pasa el tiempo fugazmente, cómo lo dejamos escapar, para que al final del trayecto sea él quien nos busque, nos encuentre y nos atrape.
Siempre le he temido al tiempo. A veces le he visto como un vil asesino paciente que tiende su trampa a la espera de que nos demos cuenta demasiado tarde. En ocasiones, como un cruel dios que simplemente juega con nosotros. Pero ahora contemplo la triste realidad del juego, donde las fichas podemos padecer una enfermedad y quedarnos sin jugar, y las fichas cercanas se entristecen...

Es aquí donde me hallo. En el kilómetro 18 de un deprimente páramo, donde soy consciente en cuestión de segundos de la fragilidad de todo lo que me rodea. Me quedo abrumado, y es ahí donde la tristeza restante del mundo que me puede afectar, se abalanza sobre mí de forma ruin, aprovechando mi momento de...esa fragilidad que ya parece contagiosa.



Así me siento: en un shock que paraliza cuando irónicamente se ve lo fugaz, cuando se es consciente de lo rápido. La vida y el tiempo, algo casi inseparable, que podríamos entender como uno y que huyen de la mano. Volviendo...así me siento, como una copa de cristal vacía sin nada por lo que brindar, sobre los giros que da la vida: frágil, donde romperse es sólo cuestión de tiempo.