Se ha normalizado que la mayor parte de la vida es estar bien. Lo normal está bien. Y si no lo estás, no es normal. No eres normal. Eso es más carga a tu lastre emocional, sin frenos y en bucle: "no estoy bien; debería estar bien; estoy peor; debería estar mejor; estoy mucho peor...". Todo por una impostura, un falso positivismo del que todos somos cómplices. Una careta que todos fingimos llevar. Todos obligados a ser el payaso que ríe tras el maquillaje, cuando la mayor parte de la vida no es lo bueno.
Hay muy poco dulce. Porque lo bueno es efímero.
Siempre se habla de lo difícil que es encontrar la felicidad, al igual que sucede con el amor verdadero. Se han creado socialmente como las auténticas metas en la vida. Hemos interiorizado que el éxito real es conseguir la felicidad o el amor, a veces la primera mediante la segunda. Pero eso es únicamente lo bueno. Lo fugaz.
¿Y lo malo? ¿Qué hay de la mayor parte de la vida? ¿Qué hay de lo amargo, de lo agrio? Se ha construido la vida como un lapso de existencia en el que debes hallar tu "media naranja", tu "otra mitad", tus "metas y objetivos", "alcanzar tu sueño"...y si no, eres un fracaso. Hay que encontrar la felicidad y el amor verdadero, pero... ¿qué hay del dolor verdadero?
El amor verdadero es para compartir esos breves momentos de felicidad, que son muy escasos. Pero nadie habla del valor de encontrar el auténtico dolor. El dolor verdadero. Hablo de esa espinita insomne. De ese picor al que no te llegas. De cuando todo "está bien" pero no "estás bien". De esa herida interna. De la desesperación que deja poso en tu alma año tras año. Del fantasma que no te permite que te abraces contigo mismo. Del etéreo malestar. Del intangible sufrimiento. Del escondite envenenado.
Todos tenemos la certeza de lo bien que sabe lo bueno, porque lo está. Lo bien que sabe el amor verdadero, aunque aún no lo hayas probado. Pero se sabe porque sabe. Pero hallar el dolor verdadero...esa amargura inmemorial que lleva tanto tiempo siendo invisible y a la que por fin das nombre, y la descubres al arrojar tu propia luz...eso debe saber distinto...
Agridulce.
