Si algo ha caracterizado siempre a mis escritos ha sido el miedo al tiempo. El miedo, al fin y al cabo.
La pluma del hombre temeroso; miedo a los días tenebrosos.
El tiempo. Sentado entre el nacer y el morir. Siempre inalterable, nunca se perturba. Y el pequeño hombrecillo agazapado, escondiéndose de la manecilla. 24 otoños escapando del tic-tac, y ahora se da cuenta de que es inútil. Es inútil intentar matar el tiempo cuando el tiempo mata. La intrascendencia de huir del reloj cuando la muerte va a llegar, y llevarse lo que quiera.
Entonces, ¿por qué darle la espalda a lo que es seguro? A lo único verdaderamente seguro. La muerte. ¿Por qué temerla, si sabemos que a todos nos abrazará? Antes me asustaba esa inevitabilidad.
Pensaba "la muerte me llegará a mí y a los míos, y no puedo hacer nada para evitarlo" y me echaba a temblar. Ahora pienso "la muerte me llegará a mí y a los míos, y no puedo hacer nada para evitarlo" y siento paz. Porque no debo preocuparme más. ¿Para qué preocuparme por lo que se va a acabar, si sé que se va a acabar?
Si antes dije que entre las dos invariables del nacer y el morir, lo único cierto es el tiempo, ¿por qué perderlo en inquietarse? Si tanto me aterra perder el tiempo, no es lógico malgastarlo en temer algo que es ineludible.
Le estoy perdiendo el miedo a lo que más he temido siempre. Para mí, morir ahora es una mezcla de tinieblas y luz; de caos y calma; de ruido y silencio; de agonía y alivio. Miedo a morir, pero consolado por no tener que hacer nada para evitarlo.
Aún así, no estoy preparado para la muerte.
A menos que la vida me obligue.
